Continuamos hacia el fuerte y conforme accedemos al recinto ya hay lugareños dirigiendose a nosotros en nuestro propio idioma para ofrecernos cualquier cosa. Debe ser que se nos nota en la frente de qué país venimos. Se nos ofrece un guía por 200 rupias pero el suegro de Manshat nos acopla a un guía con el que habíamos coincidido en el templo hindú. La visita ha sido muy fructífera y hemos aprendido mucho acerca de la historia del fuerte y sus moradores.
Hace un calor de muerte, pero continuamos en coche hasta otra fuerte llamado Nahegarth Fort, mucho más bonito que el anterior y con vistas igualmente espectaculares sobre la ciudad de Jaipur. Bajamos de la colina de la fuertes y buscamos un restaurante en las afueras de la ciudad para invitar a nuestros anfitriones a comer, incluyendo a Khandilla. Entramos en uno al que parecen llevar a todos los extranjeros que bajan del fuerte. He pedido un thali riquísimo pero tanta cantidad de comida no la he podido terminar.
Volvemos a casa a descansar un rato hasta las 17.30, hora en que partimos de nuevo en coche hacia otro maravilloso templo hindú de marmol blanco dedicado a Visnú. Al terminar la visita discutimos con el chófer porque se quiere ir a casa y nosotros insistimos en que hemos pagado por tenerle a jornada completa. Después de un par de llamadas para aclararlo con su jefe, recogemos a la suegra y los 6 metidos en el super Tata ponemos rumbo a un resort de atracciones típicas de Rajastan, llamado Chokhi Dahni. Nos ha costado horrores llegar, primero para salir del atasco monumental de la ciudad y luego la carretera parecía interminable, a tope de tráfico de camiones y polución que se veía flotar en el ambiente.
Ha merecido la pena, por 275 rupias cada uno hemos disfrutado de una noche inolvidable. Hemos subido en camello, en elefante, nos hemos tatuado las manos con henna, y dado masaje en la cabeza. Hemos visto danzas y escuchado música típica rajastaní y como colofón nos han servido una cena típica al aire libre compuesta por thali en la que cada cuenco picaba más que el anterior. La única bebida servida era agua de unas jarras que llevaban los camareros, así que las opciones son morir con la garganta abrasada o beber el agua disponible. A las 11 de la noche salimos y buscamos a Khandilla, que aparece en un bar cercano un tanto mosqueado. La vuelta a casa nos impacta al ver a tantísima gente durmiendo en la calle o sobre sus rickshaws.
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