28 de febrero de 2008. Salida desde el aeropuerto de Alicante.Con las prisas me he dejado el móvil en casa y no tengo forma de lozalizar a Nati, mi compañera de viaje. Pregunto en el mostrador de British si se ha presentado. Se agota el tiempo límite de facturación. Intento averiguar su téléfono llamando a su oficina de la caja. Por fin consigo el número sólo para comprobar minutos después que lo tiene apagado. Me pasan por la mente todo tipo de pensamientos negativos, aunque trato de no perder la calma y me repito una y otra vez que en el peor de los casos podré esperarla en Londres.
Por fin aparece de la mano de su chico como si tal cosa. Reprimo un impulso de estrangularla. Facturamos y nos dan asientos separados por llegar los últimos. Toda una premonición.
Preguntamos a una amable señora si nos quiere cambiar el sitio y nos dice que ni hablar, ya se sabe que la gente en los aviones cuanto más delante mejor. Al segundo intento, lo conseguimos. Despegamos. Nuestra vecina de pasaje se acaba de calzar un vodka on the rocks.
Llegamos a Gatwick. El autobús que nos habían dicho que enlazaba Gatwick con Heathrow de forma gratuita resulta que ya no lo es desde hace unos años. Por el módico precio de 20 pounds cogemos
Por fin llegamos a la T3 y hacemos cola junto a un montón de sudafricanos cargados de bultos hasta la bandera. Nos atiende un negrito con mucha pluma de la Virgin Atlantic y nos da un par de asientos estupendos junto a la salida de emergencia. Podré estirar las piernas.
La ley de Murphy es clara en lo que a vuelos transoceánicos se refiere. No importa donde vayas sentado, siempre hay un niño odioso cerca de ti con la intención de no dejarte pegar ojo. Y la segunda parte de la ley: cuando quede menos de una hora para llegar a destino se quedará dormido.
Aterrizamos en Delhi a la 8 de la mañana. Ojeras hasta el suelo.
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