sábado, 13 de diciembre de 2008

Jaipur - जयपुर 02/03/2008

Jaipur - जयपुर 02 de marzo de 2008


Nos levantamos a las seis de la mañana. Recogemos nuestras cosas y nos vamos a desayunar al hotel Amax aprovechando que queremos reservar una noche para el día 20 cuando volvamos a Delhi. Nos han enseñado la habitación y es igual que la del hotel en el que hemos dormido.

El desayuno, servido en la terraza del edificio, ha tardado una eternidad.


Abandonamos Delhi a las 8 y pico de la mañana rumbo a Jaipur, la ciudad rosa. La autopista ha sido uno de los platos fuertes del día: coches adelantando por el carril de servicio o por el arcen de arena, camiones cruzados intentando cambiar de sentido, poblados enteros junto a la carretera convertidos en talleres mecánicos, camellos, gente rescuerdandose del calor bajo los remolques de los camiones... En un intento por avanzar algo dentro de semejante atasco, los coches y motos nos vamos adelantando sin mirar quien viene por uno u otro lado.


Vamos tan pegados que muchos de los coches llevan los retrovisores laterales plegados o directamente no llevan. Aquí lo que importa es tener una buena bocina y hacerla sonar todo el tiempo. Incluso todos los camiones llevan escrito en la parte trasera "blow horn" invitando a tocar la bocina si vas a adelantar.



Después de 4 horas y 200 km, llegamos a Jaipur. Kandilla nos pregunta dónde nos vamos a alojar y le decimos que en casa de unos familiares de Manoj, el cliente de Nati. Para contartar con ellos hay que localizar primero al jefe de Kandilla, y cuando ya estaba yo pensando dónde podríamos pasar la noche ha conseguido contactar con él. Nos ha llevado por callejuelas atestadas de vacas, gente, cerdos, monos, hasta una bonita casa con vistas al fuerte de Amber. Nos presentamos y la encantadora familia de Manoj nos acoge y prepara té con pastas.



Media hora después quedamos con Kandilla y vamos a visitar el City Palace. Manshat pide permiso a su suegro para venir con nosotros, y como no puede salir sola segun costumbres locales, éste último nos acompaña también. El palacio es una maravilla y allí nos cruzamos con bastantes turistas. Manshat nos ha hecho de guía. Luego hemos ido a ver el Albert Hall Museum, una preciosidad de edificio caído un poco en el olvido y donde parecen haberse dado cita todas las palomas del mundo.

Seguimos nuestra visita por el centro de la ciudad hasta llegar a uno de los cines más conocidos de Jaipur. Nos planteamos entrar a la sala a ver un rato la peli, pero la cola para sacar la entrada es infinita y la gente no para de observarnos. Parecemos la atracción del momento. Finalmente cambiamos de planes y en una calle adyacente compramos unas bebidas. En seguida nos vemos rodeados de niños parias pobres como ratas que se nos pegan hasta que el suegro de Manschat los espanta al grito de chaló, chaló. Cogemos un taxi de vuelta a casa y descansamos hasta las 8 de la tarde, hora en que nos dirigimos caminando hacia el templo. Instantes después han aparecido en sendas motos unos amigos de Manschat, Sunil y Momo , y se han ofrecido a llevarnos de paquete. La experiencia ha sido alucinante, atravesando en moto callejuelas iluminadas tan sólo por la luz de alguna hoguera, hasta llegar al recinto del templo.
El ambiente místico lo envuelve todo: la luz, el olor del incienso, los cánticos, la gente... Nos dejamos conducir hasta la parte trasera del templo, y allí en una especie de altar menor nos descalzamos, hacemos sonar la campana, tocamos el suelo y nuestro pecho, y un sacerdote nos entrega algo blanco y dulce que debemos comer, y en la otra mano vierte un poco de un liquído parecido al almíbar que debemos beber. Volvemos a la parte del templo donde la mayoría de fieles se encuentran congregados. Nos descalzamos de nuevo sobre mármol blanco y frío y nos mezclamos con la multitud que a una sola voz entona sin cesar el hare ram, hare ram, hare krishna hare ram. Por el rabillo del ojo distingo una cucaracha perdiendose entre los pies de los fieles.
De repente se abren las puertas del altar y el momento mágico alcanza su clímax. Imitando al resto, nos cruzamos las manos sobre el pecho y rendimos culto a los dioses representados por dos figuras de color egro y grandes ojos adornadas con guirnaldas de color naranja. Mientras un sacerdote hacía sonar un gong , otro se afanaba con el ritual del fuego sagrado.
Volvemos a casa en moto. Manschat ha querido mostrarnos y hacernos partícipes de su propia ofrenda diaria al dios Ganesha, en una especie de hornacina ubicada en lo que parece ser el hueco de una pila de lavar. Después, mientras tomamos un chai, han querido compartir con nosotros el vídeo de su boda, con toda la parafernalia que una boda hindú conlleva. Se nos ha hecho eterno. Tras la cena, en la que según tradición no ha estado presente la madre, nos vamos a la cama. Estoy agotado pero ha sido un día tan intenso en cuanto a experiencias que no consigo pegar ojo. El calor, el chai y los mosquitos me lo impiden también.

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